Berrinches

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“De dónde sacamos la loca idea, que para que un niño se porte bien, primero tenemos que hacerlo sentir mal” Jane Nelsen

¿Alguna vez nos pasó, como papis, que quisimos mucho algo y que nos privaron? ¿Cómo nos sentimos? ¿Cómo nos gustaría ser tratados?

Los niños quieren y necesitan saber porqué no pueden hacer lo que tanto quieren, por lo menos sentir que se les entiende y validan sus sentimientos.
Es importante especialmente durante los primeros años de la vida de nuestro hijo decirle que “siempre” estaremos con él, que “siempre” lo vamos a querer y que lo cuidaremos, aunque a veces no nos guste “puntualmente” lo que hace. Eso es la base de una personalidad segura, independiente y con una autoestima capaz de soportar frustraciones y adversidades. Dejarle bien en claro el mensaje: “Te amo porque sos mi hijo y no por lo que haces”.
El tratarlo mal cuando hace algo malo sólo provocará que se sienta más mal y empiece a mentir para no perder el amor de sus padres.

¿Por qué se portan mal?

En muchos casos el mal comportamiento se debe a que el niño no se considera aceptado ni importante ni tenido en cuenta, a veces no escuchado ni respetado en sus sentimientos. Los castigos o malos tratos los hacen sentir más mal provocan más desánimo y, como consecuencia, mal comportamiento en el futuro.
No lo hacen por molestar porque son niños malos o malcriados sino que posiblemente quieren dar sus primeros pasos hacia su independencia, su autonomía, conocerse como personas diferentes a sus padres.
Si comprendemos lo que el niño quiere decir con su comportamiento podremos ayudar para que el mal comportamiento pueda ser una manera de aprender para la próxima vez. Un niño que se siente escuchado, escucha.

¿Cómo evitar?

Según Jane Nelsen: “Los niños hacen las cosas mejor cuando se sienten mejor. No tiene sentido pensar que para que un niño se porte mejor primero hemos de hacer que con el castigo se sienta peor.”
Se puede intentar evitar estando atentos a las necesidades o señales que nos envían nuestros hijos antes que se molesten mucho. Permitir la mayor libertad al niño en un ambiente seguro, evitando peligros y tentaciones. Dejarlo que haga lo que quiere si no es peligroso por ejemplo si quiere elegir la ropa que se quiere poner.
Ser flexibles. Si está disfrutando de su juego, porque no dejarlo jugar un tiempito más. Decirle que no estamos contentos con su conducta sin juzgarlo ni atacarlo, menos negarle nuestro amor. Podemos expresar nuestra disconformidad, pero no atacamos la personalidad del niño o valoramos negativamente su conducta.
Negociar, buscar puntos medios donde todos salgan contentos. No imponer mi rígida autoridad solo porque yo lo digo.

¿Qué hacer?

Si estamos muy nerviosas/os y queremos dejarlo solo para recuperarnos, es mejor no hacerlo porque sus berrinches pueden aumentar a causa de nuestra ausencia. No darle demasiada importancia al berrinche en si, no subir el tono, mantener la calma y la disposición de dar un abrazo cuando el niño lo quiera. Comprender su frustración, aunque la causa de su enojo parecía no tener importancia desde la mirada de un adulto. Centrarnos en convencer, negociar con el niño en vez de en ganarle. Cuando se plantea una lucha de poder y el adulto gana, el niño pierde, pero eso no le hace mejorar, simplemente le desanima y no aprende habilidades.
Una vez calmado el niño, abrazarlo y recién en ese momento podemos razonar con él sobre lo absurdo de su comportamiento, tratar de entender qué le motivo a actuar así.
Si es en un lugar público, olvídate del mundo y céntrate en tu hijo. Ponete a su altura, y muéstrale que estas ahí, que lo acompañas. Ofrecerle alguna forma física de descargar su ira como golpear almohadones.
Intentar nombrar sus sentimientos, poner en palabras lo que le enoja. Por ejemplo preguntando: estas enojado por esto? Mostrar empatía: te entiendo… es interesante el objeto pero también es peligroso y no quiero que te hagas daño. Ofrecer alternativas para solucionar el problema que lo frustra.
Con algunos niños funciona distraerle con otros objetos o actividades.
Pedirles un abrazo, al abrazarnos nos calmamos.
Hablarle suave, mirarlo a los ojos, pedirle amorosamente que nos mire también y explicarle para que pueda entender las razones por las cuales le hemos negado lo que pedía.

Finalmente

Llega un día en que el niño aprende a expresarse a través del lenguaje mejor que a través del llanto y lo berrinches. También llega un día en que sabe lo que “es” y “quiere” y lo pide sin llevar la contraria a nadie. Llega un momento en que, si no hemos impedido sus manifestaciones autónomas y de autoafirmación, tenemos un hijo autónomo, que sabe pedir adecuadamente lo que quiere porque ha aprendido que nunca le hace falta pedirlo mal si su petición es razonable.